PERIODISMO DE LA REALIDAD CUBANA EN LA ZONA ORIENTAL
 


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A prueba la estrategia de la ingobernabilidad democrática (II Parte)
Por: Walter Clavel Torres
Sub-Dtor. APLOPESS
walterct22@yahoo.com 

Santiago de Cuba, 6 de septiembre del 2012 (www.aplopress.com) Al rato me sacaron nuevamente. Me llevaron a una oficina que tenía cámaras para grabar, pero me informaron que no eran para filmarme, sino simplemente que estaban situadas ahí, pero no estaban
grabando. En esta oficina estaba el agente Julio junto al Mayor Enrique, quienes ya tenían claro que no iba a colaborar con ellos, ni aceptar ninguna negociación  que respondiera a sus intereses. Por tanto, intentaron intimidarme con  amenazas, proponiéndome que bajara el perfil como opositor. El Mayor Enrique me propuso que escogiera el lugar donde quisiera trabajar como DJ, que eso estaba en sus manos, y podían resolverlo donde yo eligiera. Pero que si no aceptaba, cuando me cogieran con una computadora, donde quiera que estuviera sería decomisada.

Otra de sus propuestas fue que podía seguir con las publicaciones y mi activismo, pero
que para publicar algo tenía que ser bajo su supervisión, que lo que fuera a publicar se los hiciera llegar a ellos primero, que si determinaban hacerle  algún cambio, se lo hacían y entonces yo lo publicaba, y que podía hacer reuniones, pero que tenía que llamarlos primero: decirles el día, la hora y los temas que serían tratados. Además, que tenía que comprometerme a que las reuniones se harían a puerta cerrada y que no se tomarían las calles. Que bajo esas condiciones, me dejaban hacer las reuniones.

Les hago este exhaustivo recuento, para que les sirva de estudio el modus operandi de los agentes de inteligencia cubana, ya que son un patrón del totalitarismo universal. Por eso,
les dije que estaban hablando de más, que no iba a trabajar bajo su supervisión, y mucho  menos convertirme en  un agente al servicio de ellos. Entonces, me llenaron un Acta de  Advertencia por desorden público y otros actos en contra de la Seguridad del Estado.  Me
negué a firmar este documento.

El Mayor Enrique salió de la oficina y el Oficial Julio empezó a desarrollar su papel de “policía bueno”. Julio trató de hacer conciencia sobre cuál debía ser mi comportamiento, me dijo que en mi cuadra había un acto político organizado por el gobierno,  que no quería ningún tipo de manifestación. Les dije una vez más que era mi derecho como luchador pacífico llevarle el mensaje al pueblo de mi verdad, con igual derecho que los hacían ellos, que el pueblo era quien debía determinar quién tenía la razón,  que la razón no se imponía, sino se elegía y por eso luchaba, por la libertad, la justicia y los derechos humanos de las personas. Evadió mis argumentos y se limitó a decirme que tenía las puertas abiertas para cuando quisiera colaborar con ellos, que siempre  tendría esa posibilidad. Aproveché la oportunidad también para ofrecerle nuestra oferta: que él también tenía las puertas abiertas cuando deseara pasar a ser un defensor de los derechos humanos y dejara de reprimir e intimidar a la población. Que se nos podía unir cuando quisiera, que lo estábamos esperando.

Este enfoque del debate no lo podía sostener, por lo que acudió a sus  viejas herramientas de atrincheramiento, apelando a su convicción de revolucionario, que no traicionaría a sus principios. Hay que aclarar que esta gente confunde represión, abusos de poder y coacción a todo tipo de libertad, con principios y convicciones.  O sea, que estos desmanes forman parte sus principios y convicciones, por eso hay que recordárselo constantemente.

Por eso le dije que teníamos principios y convicciones muy diferentes, que mientras yo defendía la libertad y el derecho a la  prosperidad, ellos estaban enfrascados en someter al pueblo mediante la miseria generalizada. Que esa miseria se estaba documentando y presentando al Poder Popular por medio de los Municipios de Oposición, que mi causa era justa y por eso no la abandonaría, pero si él se arrepentía de reprimir, y decidía luchar por la reivindicación de su pueblo, aquí lo estábamos esperando.

El oficial Julio se quedó sin argumentos y llamó al guardia para que me llevara nuevamente a la celda. Antes me preguntó que si quería comer, les dije que no, que hasta que
no estuviera libre en mi casa, no comería. Más tarde me sacaron de la celda y me devolvieron mis pertenencias. Pregunté por mi carnet de identidad y me dijeron que eso era con mi instructor, el que atendía mi caso, eso me extrañó. 

Me llevaron hacia un carro jaula, con cuatro oficiales de la Seguridad del Estado que me condujeron hasta mi propio barrio. Al llegar, vi muchos autos, motos, guaguas, camiones, carros de patrullas, otros carros jaula y personas no conocidas. Enseguida me di cuenta que
mi barrio estaba sitiado por la Seguridad del Estado. En mi cuadra habían organizado un acto político (de repudio), el mismo del  que me había hablado el agente Julio.

Los agentes de la Seguridad del Estado me bajaron del carro jaula y me condujeron a la multitud. Una multitud compuesta por personas que nunca había visto, pero igual manipulada y llena de odio.  Un odio a lo desconocido, pues no saben ni quien soy. También estaban mis vecinos, que me miraban con indulgencia, pero en sus rostros se reflejaba el miedo, el terror que habían implantado en el barrio desde bien temprano en la madrugada, cuando se produjo mi arresto.

“Esta narración puede parecer tediosa, pero tenemos una responsabilidad histórica de documentar nuestras vivencias, como un legado a las futuras generaciones, que el día de mañana, pedirán cuentas de su pasado, sin conocer a fundo nuestras realidades de hoy”.

Los agentes trataron de situarme al centro de aquella jauría humana, compuesta por agentes de la policía política vestidos de civil, miembros de las brigadas de respuesta rápida, militantes del Partido Comunista, de la Unión de Jóvenes Comunistas, de la Federación de Mujeres Cubanas, o sea  de todas  las organizaciones políticas y de masas, como llaman a los factores progubernamentales aquí.

En medio de esa multitud asfixiante, que no me permitía ni moverme, incluso con peligro de alguna agresión física, comencé a manifestar mi inconformidad gritando a toda voz que estaban violando una vez más mis derechos, que no me podían obligar a permanecer en un lugar en contra de mi voluntad. Ante mis gritos por esta humillación, durante alrededor de unos cinco minutos,  llegó mi madre.  La abracé y le di un beso. Al ver esto, los agentes de la Seguridad del Estado me llevaron al carro jaula nuevamente y me encerraron allí.

En lo que me llevaban, vi como más de 10 agentes policiales maltrataban a mi madre, física y verbalmente.  La cogían por el brazo, la empujaban por la espalda,  y el Tte. Coronel Julián le dijo que si no se iba de allí, la montarían en una patrulla y la llevarían detenida a ella también, junto a su hijo.

Los vecinos se alteraban ante tal brutalidad policial, pero aterrorizados no se atrevían a emprender ninguna acción.   Solo Amador, conocido por (Sito) salió en defensa de mi madre, al ver el abuso que se estaba cometiendo. Agentes de la policía política lo detuvieron y condujeron hacia uno de los carros jaula, mientras Sito los increpaba, gritándole: “no les gustaría que trataran así a sus madres, abusadores. ¿No ven que es una mujer?

Ante el giro que estaban tomando los acontecimientos fueron nuevamente a la jaula donde me encontraba y me dijeron que habían cometido un error, que me llevarían hasta mi casa, ante mi madre porque no podían dejar la situación como estaba, previendo cualquier tipo manifestación de los vecinos por mi causa.

- Me bajé del carro jaula  y me condujeron a mi casa, custodiado por agentes de la Seguridad del Estado. Esta vez se detuvieron frente por frente al acto político dirigido y organizado por los agentes represores de la Seguridad del Estado y demás instituciones del gobierno de los Castro.

En ese momento empezó a hablar una doctora, desmintiendo - según ella - las denuncias sobre el cólera que hacía dos meses yo venía reportando en la provincia de Santiago de Cuba.

En su intervención destacaba la labor humanitaria y el internacionalismo del ejército de “batas blancas” y su misión a la hermana república de Haití, para combatir la epidemia del cólera en esa nación hermana.  Aproveché una pausa de la doctora y les dije: “Esos esos mismos médicos que fueron a salvar vidas en su momento en Haití,  fueron los mismos que trajeron la epidemia del cólera a Cuba, sabes por qué, porque esos trabajadores de la salud no tienen ningún control sanitario, ni si siquiera un periodo de cuarentena como se establece internacionalmente para las personas que están en zona de riesgo. El brote que comenzó por la zona Manzanillo, en la provincia Granma y que causó la muerte de un grupo de personas es una responsabilidad de las autoridades cubanas, que no establecieron ningún tipo de control sanitario para evitar el brote epidemiológico, en un país con precarias infraestructuras sanitarias”.

Acto seguido empecé a hacer públicamente mi inconformidad con estar obligado en ese lugar, mientras la doctora me seguía descalificando con epítetos como, mercenario, que yo suministraba información falsa al enemigo, que yo era un traidor a la revolución, un contrarrevolucionario, una lacra de la sociedad. En tanto la doctora lanzaba sus diatribas, las cámaras de la televisión y otros medios que se encontraban en el lugar me enfocaban, para dar la impresión de que el pueblo, incluidos mis propios vecinos, me repudiaban. Lo que es muy difícil, aun viviendo en Cuba, de reconocer que esa masa manipulada, que coreaba  consignas de apoyo a la Revolución, al Partido y los Castro, eran personas traídas desde otros barrios, para reafirmar políticamente la razón del acto planificado y dirigido por el gobierno.

Cuando comencé con mis argumentos a desmontar el circo en que me habían metido, azuzaron a la turba para que se volviera más provocativa y me decían que debía permanecer allí, que era una orden. Ante mis fuertes argumentos empezaron a decirme que me callara, me daban codazos, trataban de  intimidarme con sus múltiples amenazas. Ante tal situación empecé a pedirle al pueblo, al verdadero pueblo, a mis vecinos  que hicieran algo por mí. A mis vecinos que me conocían, que  sabían que estaban cometiendo una injusticia conmigo, pedía apoyo.

Se empezó a formar un bullicio, parecía que se iba  a producir una reacción de los vecinos contra los usurpadores del barrio. Al ver esto, los agentes me llevaron rápidamente de nuevo al carro jaula, parece que la situación se les había salido de control.

Al llegar al carro jaula me encuentro a mi vecino Amador y afuera a su madre Gladis, pidiendo que lo soltaran, que Amador no había cometido ningún delito, que solo estaba protegiéndola a su vecina.  Un agente se cuestionaba en alta voz, preguntando, “ve a ver cuánto le pagaron a éste (mi vecino) para que defendiera a la madre de un contrarrevolucionario”.

Los agentes liberaron a mi vecino Amador y me montaron en el carro jaula, para trasladarme nuevamente al Centro de Operaciones de Versalles. Allí me quitaron nuevamente mis pertenencias y me encerraron en la celda tapiada en que había estado por el día.

Como una medida de presión y de protesta por la arbitrariedad de mi detención había renunciado a ingerir cualquier tipo de alimento. Una especie de huelga hasta tanto se me liberara, pero además como una media de protección, pues hay fuertes evidencias que durante las detenciones se utilizan fármacos para alterar el sistema nervioso de los detenidos. Por esas razones ya llevaba un día entero sin ingerir nada, y así se lo había hecho saber a los carceleros y guardias, que se encontraban en el lugar.

Luego de una noche muy calurosa e inquietante, me llamó la atención que no estuviera presente el ejército de mosquitos, que tradicionalmente se encontraba en ese centro de detención. Todo hace indicar que temieron a los insectos, que no distinguen de ideología y representan un peligro para su propia gente. Este método de tortura parece que fue eliminado, por la epidemia de dengue que azota casi permanentemente esta región del país.

En la mañana me trasladaron a otra celda, que luego resultó ser mucho más calurosa, parece que mientras más yo subía la parada en mi posición, ellos aumentaban su represalia contra mí. No obstante yo mantenía mi estrategia, de la ingobernabilidad democrática, a todos le comentaba mi posición y lo que me estaban haciendo. La enfermera que me realizó el examen físico ese día, cuando le comenté mi situación y las violaciones que se cometían conmigo, me dijo que lo sentía, pero no  podía hacer nada por mí, que eso no estaba en sus manos.

A las 9.45 pm  del segundo día me llevaron a una oficina de interrogación con cámara. Allí me esperaba un instructor con unos papeles arriba de una mesa. Me dijo que aprovechara la oportunidad que me estaban dando, que estaba acusado de escándalo público y alteración del orden, que tenía que arrepentirme y firmar mi compromiso  en un papel que ya tenían preparado. Les dije que no, que no iba a firmar el consentimiento de algo que no había hecho, quienes habían realizado todo un escándalo y desorden eran ellos.

Luego sacó otro papel. En este papel relacionaba las posibles acciones que yo pudiera desarrollar más adelante y que ellos consideraban peligrosas, por lo que debía firmar un compromiso de no realizar  actos que pudieran convirtiese en desorden público o incitaran a la violencia. Me negué también a firmar ese documento y entonces  me sacó otro papel y me dijo: ok,  entonces firma la carta de libertad, acta que tampoco accedí a firmar.

Ante tanta presión y para restarle importancia a sus propuestas, le dije que me llevaran a la celda,  que tenía sueño y no me interesaban sus ofertas. En esas circunstancias, el instructor  me dijo que tenía que firmar ese documento para poder salir de la Unidad de Instrucción, que leyera bien el documento para que viera que no me comprometía con nada. Acepté leer el documento y verdaderamente  era simplemente la constancia de mi liberación.  Firmé el documento, me entregaron mis pertenecías y cuando me disponía a abandonar el lugar, el instructor me llamó nuevamente para darme un bolso con pertenencias que mi mujer me había  llevado: jabón, toalla, cepillo dental, pasta dental, chancletas, ropa interior y un vaso, entre otras cosas. Sin embargo, a pesar de ser  cosas de primera necesidad, nunca me las hicieron llegar.

Al salir le pregunté al agente por mi carnet de identidad y me dijo que era el Oficial julio quien tenía que devolvérmelo. Me marché de la Unidad de Instrucción sin dinero y sin carnet de identidad.

A continuación les relaciono los bienes personales que me ocuparon durante el arbitrario registro. Estos artículos nada tienen que ver con el cuerpo del delito que se me quería imputar: escándalo público y alteración del orden. Sin embargo hasta la fecha no se me han devuelto, a pesar de que fui liberado exento de cargos.
 

Lista de ocupación:

2 Tocadiscos marca Technics 1200 SL
4 Agujas de tocadiscos Ortofon en sus cajas
76 Discos de vinil de música electrónica en una maleta azul
1 consola de grabación de 8 canales marca LEM
1 Sintetizador Marca ROLAND
2 Teléfonos móviles
1 Memoria flash de 8 GB
Varios discos CD y DVD de música infantil, música variada y electrónica
Varios cargadores para celulares y cámaras digitales, cables USB y de teléfonos.
 

Guía de Estudio para la Democracia Proactiva

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